Estaba rodeada sólo de esas cuatro paredes. Rose se sentó en una esquina, encendió un porro y empezó a volar, a no sentirse sola como siempre, a sentirlo con ella. Sus manos temblaban y empezó a reírse.
La sensación que sentía cada vez que fumaba era indescriptible. No se sentía sola, se sentía acompañada por alguien. Su amado, su ángel, la razón por la cual se había encerrado en ese cuarto; la razón por la cual le gustaba fumarse un porro. Cada vez que fumaba lo veía ahí, contándole quizás unos buenos chistes como lo hacía siempre antes de partir. Dejó de reír. Pequeñas lágrimas salían por sus ojos, lo extrañaba, realmente lo extrañaba. Él se había ido y ella se fue con él.
sábado, 7 de septiembre de 2013
V
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