Recuerdo la última vez que me llamaste, fue hace dos semanas y la pelea se había hecho más extensa que la penúltima vez. Tomé la decisión de irme y alejarme de ti. París era un buen lugar para ir a vivir y exponer algunas de mis pinturas y fotografías y también exponerme de nuevo en el amor.
Me senté a esperar el próximo tren que salía en una hora, compré un café americano y me puse a observar a todo aquél que pasara frente mío; comencé a imaginarte allí, llegando con un ramo de girasoles (mis favoritas) y un buen libro de amor de esos que me hacen llorar.
-Est occupé?
Deje de imaginarme una historia perfecta de película y puse mi vista al chico alto delante mío.
-Non
Se sentó y observé como acomodaba pequeños cuadernos en un maletín, tenía un perfil interesante. Me miró y sonrió. Su sonrisa era de las más perfectas y sus labios los más pequeños; el azul penetrante de sus ojos me hacían querer nadar en ellos y dejarme ahogar en él.
Sonreí.
Tomé mi cuadernillo y empecé a hacer bocetos, mis ojos se dirigieron a sus manos las cuales tenían manchas de pintura. Es pintor, me dije y sin darme cuenta sus manos ya estaban dibujadas en mi cuadernillo. Sentí su mirada y me dirigí a sus ojos, se acercó a mí, tomo mi mano entre las suyas, separo un poco sus labios y los acercó a los míos, parpadee y me besó.
Desperté en París.
Era un sueño, historias como esas no existen en la vida real y menos si aún sigo enamorada de ti.
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