Era la hacienda de mi abuela, un lugar con olor a viejo. Me había quedado a pasar la noche en uno de los cuartos de huésped, las paredes adornadas con cuadros y espejos donde mi reflejo era distorcionado, distinto y deforme. El resplandor de luz penetraba la ventana poco a poco por el cristal y el sonido del riachuelo se escuchaba a lo lejos, a lo cerca podía escuchar a los niños jugando en el patio de afuera.
¿Qué tan productiva podían ser estas vacaciones? Donde la hierba mala crece pero también la buena, algo muy cotidiano en el mundo, «hasta el mundo tiene rutina».
Luego de ayudar a la abuela, salí un rato al jardín, a ver a las hormigas andar en su mundo tan pequeño, y donde la tierra de los pájaros es el cielo. Las plantas no se mueven pero respiran, están en coma quizás algún día despierten.
¿Qué tan difícil puede ser escribir una carta de amor?. Esa pregunta empezó a rondar en mi cabeza, ¿qué tan dificil puede ser escribir una carta de amor? Una y otra vez... Sentado ahora en el balcón, colocando mis piernas fuera de las rejitas, mientras observaba la cabaña de alfrente. Debe ser difícil escribir una carta de amor, cuando aun tu mismo desconoces el destinario. Quizás debería enviar cartas a la suerte a cualquier lugar, a cualquier casa y a cualquier persona, quizás una de esas me remita, qué locura.
Las personas viven con falta de amor, por eso buscamos enamorarnos. Le somos infieles al amor de madre, somos egoístas en ese aspecto, hasta a nuestros propios padres.
Kevin.
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